premio nobel de literatura

Un puente sobre el Drina

File:Visegrad Drina Bridge 1.jpg

“En ese lugar en que el Drina surge con toda la fuerza de su masa de agua, verde y espumosa, de la cadena montañosa negra y escarpada en apariencia, se alza un gran puente de piedra tallado armoniosamente, con once arcos de amplia abertura”

Un puente sobre el Drina es una gran novela. Es posible que no sea lo mejor  que haya leido este año –  en Enero cayó El Gatopardo, palabras mayores – pero si que es lo mejor que he reseñado por ahora en el blog, y con la que mas he disfrutado de largo.

Es verdad que en cierta manera, este es un tipo de libro con el que, a priori, es difícil fallar mucho: Publicado en 1945, es la obra mayor de Ivo Andric, autor serbocroata que recibiría en 1961 el Nobel (Nobel o Nóbel? Bonita discusión aquí) de literatura.

Algo tiene que tener, es lo primero que como lector se te viene a la cabeza. Pero estas credenciales pueden ser un arma de doble filo. El Nobel de literatura no es una tómbola que le pueda tocar a cualquiera, pero el politiqueo, el afán de contentar a todos, los cupos étnicos y/o culturales, o un excesivo “actualicismo” han hecho que mas de una vez el galardón haya ido a parar a autores de segunda fila. No lo tienen Tólstoi, Proust o Kafka, y si tipos como Verner von Heindestam, Francois mauriac o Jacinto Benavente, a los que hoy dia no lee nadie. La calidad literaria de una novela, además, no nos dice nada sobre su accesibilidad, o comodidad de lectura: Se puede escribir maravillosamente bien siendo directo y sencillo, o siendo endemoniadamente denso y complejo.  Y muchas novelas con el paso del tiempo se hacen difíciles para el lector no erudito o especializado.

Y un ultimo detalle importante: Hemos estado hablando de calidad, no de gusto. Y aunque cualquier buen lector es bastante capaz de apreciar la calidad literaria de una obra (o por lo menos, se conoce lo bastante bien el canon como para no ir haciendo el cateto por ahí) el gusto es una cosa totalmente distinta, intransferible y que no tiene que coincidir necesariamente con la calidad literaria de lo que leemos.

Pero la novela de Ivo Andric no plantea ninguno de estos problemas. Un puente sobre el Drina, como ya he dicho, es una gran novela; pero además es una novela fácil. Es directa y sencilla, como los protagonistas de las diferentes historias que se narran a lo largo de los 350 años de la historia de Visegard que abarca: desde la construcción del gran puente por el silahdar Mehmed Bajá Sokoli, niño de sangre, raptado por los turcos  en esta misma tierra; hasta su voladura parcial por los austrohúngaros en 1914, al comienzo de la Gran Guerra.

El gran puente sobre el Drina – “una valiosa construcción de belleza sin igual, como no tienen ciudades mas ricas y transitadas” – es, en cierto modo, el gran protagonista de la novela. Es el eje y escenario de los diferentes relatos y personajes que van tejiendo la historia de la ciudad, y un poderoso símbolo de la convivencia relativamente pacífica (no exenta de problemas y desencuentros) de diferentes etnias y religiones – turcos musulmanes, católicos, serbios ortodoxos, gitanos, judíos… – durante casi cuatrocientos años en el territorio bosnio, tanto bajo dominio turco como bajo dominio Austrohúngaro, hasta el estallido de la primera guerra mundial.

 Uno de los grandes aciertos de la novela es que, ambiciosa en su propósito de narrar el devenir histórico de Bosnia, sin embargo elude toda tentación de introducir la Gran Historia, manteniéndola en la misma lejanía vaga y brumosa en la que la sienten los habitantes de una pequeña ciudad alejada de los centros de poder. La mirada del narrador nunca se eleva sobre la de sus protagonistas; así, asistimos a los diferentes acontecimientos que van jalonando el transcurrir del tiempo con la misma mirada con la que lo hacen los visengardenses: desde el miedo, la incredulidad y la necesidad de evitar los trabajos de servidumbre que llevan al intento de sabotear la construcción del puente por parte de los campesinos serbios, hasta el progresivo recelo y turbación que trae a los viejos comerciantes turcos del bazar la dominación austrohúngara, la progresiva aceleración de la vida, la llegada masiva de extranjeros, y poco a poco, la penetración de las nuevas ideas nacionalistas y socialistas que trae consigo el final del siglo XIX.

Novela episódica, las pequeñas historias que van conformando la narración son joyas en si mismas, que funcionarían como relatos independientes. Por ellos van sucediéndose las mas variopintas situaciones, y es el talento de Andric el que consigue que la narración fluya armoniosa  y mantenga el pulso, sin que ninguno de los relatos resulte superfluo o trivial: tanto los mas duros y violentos como los mas leves o  anecdóticos comparten el respeto y la ternura del narrador hacia los variopintos personajes que los transitan, y un profundo sentido de la dignidad de lo humano.

Muchos de los relatos hablan de la disociación entre el poder, o los poderosos, y la vida real; como estas dos esferas pueden llegara estar a mundos de distancia, y la incomprensión y el sufrimiento gratuito que esto genera en el pueblo llano. Llega a comparar las grandes decisiones tomadas a cientos o miles de kilómetros con las inundaciones periódicas que sufre la kasaba: fenómenos sobre los que no se puede influir o luchar, y contra los que lo mejor que se puede hacer es guardarse en la medida de lo posible, y cuando ocurren, salvar lo salvable y recogerse en comunidad en espera a que acaben, o pasen de largo. Esta constante recorre con mano de hierro la novela, dotándola de unidad y de universalidad. Para Andric, los grandes ideales que han desgarrado el siglo XX,  en última instancia, no son mas que “una especie de invernaderos de espíritu, con un clima artificial y una flora exótica, y sin ninguna relación con la tierra, con el suelo real y verdadero que pisan las masas de personas vivas”, un juego intelectual absorbente para los jóvenes que puede volverse peligroso, pero que sin embargo, es capaz de obligarte a posicionarte en un bando o en otro, llegado el momento.

Pero no importa que compartamos o no el desapego del autor hacia la Historia- comprensible, por otra parte, en alguien oriundo de una región saturada de ella – ya que el alma de la novela está en otra parte:  por ejemplo, en la partida de cartas en la que cierta noche de ensueño Milan Glasinanin apunto está de perder su vida apostando con el Diablo, y la salva a costa de la salud, la juventud, la alegría de vivir y el vicio del juego. O en la triste historia de Gregor Fedún, quien por un sueño de primavera acabó perdiéndolo todo. O en el atisbo de dignidad que logra el Tuerto, un alcohólico pobre que es el hazmerreir de los jovencitos de buena familia de la ciudad, la noche en la que, borracho, recorre todo el puente bailando sobre el pretil.

En definitiva, una gran novela, como dije al principio. Apta para cualquier lector, además. No os la perdais, si podeis.

Os dejo aquí, aquí y aquí otras reseñas de este libro. Otro día más.

Ivo Andric, frente al puente del Drina

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